jueves, 7 de diciembre de 2017

Las ventajas de la dictadura

(AZprensa) Hoy recuperamos un artículo del año 2008 que, por desgracia, no ha perdido vigencia; así que –por si puede ser de ayuda para algún comerciante- aquí lo reproducimos de nuevo. Dice así:

Un titular como “Las ventajas de la dictadura” hace que la mayoría de las personas se escandalicen. ¿Es que acaso tienen algo bueno las dictaduras? Pues, desde un punto de vista imparcial y desapasionado, hay que decir que sí, que todas las cosas –incluso las dictaduras- tienen algo bueno aunque sea de forma involuntaria. En este caso, por ejemplo, hay que reconocer que una dictadura hace crecer la imaginación de la gente para salvar la rígida censura sin ser penalizados por ello. Como botón de muestra tenemos de referencia el cine: grandes directores como Berlanga, Saura, etc. fueron capaces de hacer feroces críticas a la dictadura utilizando la imaginación, diciendo sin decir, utilizando dobles lecturas, etc. Incluso es posible que más de una vez incluyeran a propósito alguna escena “censurable” para que los censores se fijasen en ella y así pasasen desapercibidos otros aspectos de la película.

Ahora, aunque en España estemos en democracia, vemos cómo los nacionalismos se acercan más a la dictadura que a la democracia. Un claro ejemplo lo tenemos en Cataluña donde –desde hace décadas- se viene persiguiendo el uso del idioma español, y no sólo en la enseñanza sino incluso en el comercio, donde se obliga a los comerciantes a poner los rótulos y letreros de su negocio y de sus artículos en catalán.

Frente a abusos dictatoriales como este yo propongo el uso de la imaginación como, por ejemplo, lo que podríamos definir como “Comercio numérico”. ¿De qué se trata?

Por ejemplo, si obligan a rotular en catalán, y el comerciante no desea hacerlo pero tampoco desea ser sancionado por ello, la solución es simple: rotular sólo con números. ¡Se acabaron las palabras! En realidad, con la información del precio bien visible, es suficiente para el consumidor. Ahora bien, si se quiere destacar una oferta, en vez de poner “oferta” en español (que sería sancionable) se puede poner un “-40%” por ejemplo, o el precio antiguo tachado y luego el nuevo rebajado, como ya se hace en los grandes almacenes en época de rebajas. También se pueden usar símbolos, como la hucha (para el ahorro), las hojas de calendario o fechas marcadas (para señalar “últimos días”), etc. Y si se quieren rotular secciones, no hay por qué escribir “lácteos”, sino que con el dibujo de una vaca lechera, un cántaro de leche, etc. sería más que suficiente.

¿Os imagináis la cara de un “inspector lingüístico” cuando entre en este establecimiento y no vea ni una sola palabra en ningún idioma, sino sólo números y dibujos? Mientras tanto, cualquier posible comprador (español, turco o finlandés) que pasase por allí, entendería perfectamente la información. Y esto último, es lo único que de verdad le importa a cualquier comerciante: su negocio, que es de lo que vive.

Pero la dictadura lingüística que se está viviendo en Cataluña abarca más aspectos, y si acabo de citar el “Comercio numérico”, ahora puedo añadir también otro imaginativo recurso: el “Comercio mudo”. ¿De qué se trata?

En la dictadura catalana se pretende que los dependientes de los comercios atiendan a los clientes en el idioma local y, sólo en el caso de que este último no entienda nada, se les hable en otro idioma. Como veis esta dificultad añadida es más difícil de sortear legalmente, pero la imaginación puede con todo y aquí entra en juego el “Comercio mudo”.

En realidad, para cualquier transacción comercial sencilla no es necesario hablar, sino sólo guiarse por gestos. ¿Cómo si no hacían los fenicios o los romanos o los…? O sencillamente ¿cómo hacemos nosotros cuando vamos de compras a Egipto o a un pequeño pueblo del interior de Croacia en donde no hablan ni siquiera el inglés? Pues para eso están las manos, los números y la gracia mediterránea.

Para ser un comercio mudo sólo hay que poner unos rótulos escritos en 10 ó 12 idiomas en los que indique algo así como: “En este establecimiento respetamos el derecho al silencio y la tranquilidad de nuestro barrio y por ello nos abstenemos de hablar con nuestros clientes. La información del precio de cada artículo está debidamente indicada y si desea hacernos alguna pregunta procure hacerlo de tal forma que nuestra respuesta pueda ser ‘sí’ o ‘no’ a fin de que podamos responder con un gesto de la cabeza. Gracias por mantener el silencio de este lugar.”

De esta forma, el dependiente no se verá obligado a expresarse en un idioma en el que no desea hacerlo… o en el que no desea que le obliguen a hacerlo. Y si se quiere ser más drástico, hay una opción mejor: contratar personas sordomudas para atender a los clientes. No sólo estaremos haciendo un bien social dando trabajo a estas personas -por otro lado, perfectamente capacitadas- sino que ningún "inspector lingüístico" será capaz de arrancarles una sola palabra en ningún idioma.

En conclusión: Cada uno debe hablar en el idioma que desee y cuando desee hacerlo. Y si algún gobierno dictador quiere imponer un idioma en tu comercio, entonces siempre te queda la oportunidad de adherirte al “Comercio numérico” o al “Comercio mudo”. Pero sobre todo, recuerda que frente a la represión… ¡Imaginación!


"La verdad sólo es un punto de vista", de Vicente Fisac. Disponioble en Amazon, en ediciones digital e impresa:

No hay comentarios: